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Las fronteras entre el amor y la amistad

Me enamoré de él a los trece años pero nos conocimos cuando éramos bebés porque nuestras madres son amigas. Nunca me atreví a decirle que estaba enamorada de él porque me presentaba como si fuera su mejor amiga, y eso me daba un estatus especial, tanto, que todas sus novias tuvieron siempre celos de mí y mis novios de él. No sé cómo nos las apañamos para poder compartir tiempo juntos teniendo pareja, pero lo cierto es que nuestra burbuja amorosa ha sido siempre, y continúa siendo, sagrada, y la gente que comparte la vida con nosotros tiene que respetarla. Marco ha tenido muchas novias pero le duran muy poco porque le cuesta ser fiel y, como es un hombre honesto, lo cuenta y le dejan. Yo he tenido parejas más estables, pero en ninguna de ellas he sentido una pasión desbordante, porque en el fondo de mi alma siempre he amado a Marco y suspiraba porque algún día me viera como una mujer, es decir, que sintiera atracción sexual por mí. Eso por un lado, porque por el otro siempre he sabido que si no me acostaba con él, podría disfrutar de él para siempre, y a un nivel mucho más profundo que sus parejas: todas van y vienen menos yo, que permanezco siempre en su vida como una figura intocable. Nos encanta de vez en cuando entrar en ese estado de exaltación de la relación y nos ponemos “románticos”: “esto es mucho más especial que cualquier otra relación, tú eres el amor de mi vida, a quien yo más quiero, siempre estaremos juntos”. Marco ha estado en todos los momentos importantes de mi vida: mi graduación en la universidad, mis enamoramientos y mis rupturas, mi boda, el nacimiento de mis hijos, en los momentos difíciles y en los entierros de mi gente querida, y siempre ha sido un apoyo incondicional: cuando nos hemos necesitado, hemos estado ahí para el otro y hasta tenemos nuestro propio álbum de fotos, que va desde los cero años hasta la actualidad. Ahora que mis hijos y los suyos son mayores y que mi marido se ha echado una amante, me siento libre por fin para hacer todo lo que no he hecho, y fantaseo con la posibilidad del polvo que nunca echamos. De ahí mi imaginación vuela pensando en que podría contarle sobre lo que siento realmente por él. Y sueño con la posibilidad de que me diga que él también se enamoró en algún momento de mí pero que no quiso decirlo para poder tenerme siempre cerca, para no estropear esta relación tan bonita, para poder disfrutar el uno del otro siempre bajo el paraguas de la amistad. Aunque sé que también es probable que me diga que él prefiere seguir tal y como estamos, porque cree que las relaciones románticas son una ilusión efímera, y la amistad en cambio es una relación más profunda y duradera. Siempre me he reprimido a mí misma con esta idea, es como la gran conversación que nunca hemos querido tener, pero últimamente me estoy quitando represiones y me estoy dejando de callar las cosas. Estoy poniendo límites a todo el mundo y estoy dejando de ser tan complaciente y de estar sujeta a todo lo que esperan de mí los demás. Ya tenemos cincuenta años los dos y estoy acercándome a muchas fronteras que antes por miedo no lograba cruzar. Siento que es ahora o nunca. ¿Tú qué harías?, ¿cómo lo ves? Gracias, Coral.
Maday

Yo lo veo estupendo: me maravillan las mujeres que se liberan y empiezan a hacer y a decir lo que les apetece. Creo que puedes lanzarte a echarte esos polvos que nunca echaste y decir lo que sientes con total libertad: vuestra amistad es tan sólida que no se va a estropear por esto. De alguna manera, vuestra relación es romántica porque la habéis vivido siempre como algo sagrado, y por eso resiste al paso del tiempo: los dos la cuidáis con el mismo amor. Y puede que él haya sentido en algún momento algo parecido y que también haya fantaseado con la posibilidad de convertiros en amantes. Y si no ha sido así, pues volvéis a lo de siempre y ya está; los dos sabéis que vuestra amistad supera cualquier cosa que os pase. La frontera entre la amistad y el amor romántico es fascinante: son en realidad límites que creamos los seres humanos para ordenar nuestras emociones y relaciones, y esos límites son líquidos, se pueden cruzar nadando. Si te apetece hacerlo, si te lo pide el cuerpo, hazlo, no te quedes con la espinita clavada. Ya nos contarás cómo salió. ¡Suerte y un abrazo muy grande, Maday!

Coral Herrera

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